La aduana
"Empezaba a sentir frío, y ese frío me sacó de algún sueño que se escapaba raudo. Inmóvil, con la cabeza ladeada en una almohada de arena, noté que las olas se habían escapado con el tiempo y la marea. Cuánto tiempo llevo aquí. Noté el hilo de baba, el dolor en el cuello. Quería moverme, pero aún estaba atrapado en la aduana de la conciencia. Inmóvil, me toqué el bañador. Seco. Abrí un ojo esperando encontrarme al grupo de la guitarra o al niño de la pelota roja, o a la lectora del bíblico best-seller. Nada. Nadie. Quise girarme y comprobar la otra mitad de playa. Quise, pero me quedé por un instante recordando, que el antebrazo me cubría los ojos haciendo de pantalla al sol. El otro brazo extendido, hundía los dedos en la ardiente arena que rascaba una y otra vez con los dedos de los pies. Inmóvil, recordé un Yesterday playero adornado de aplausos acompasados. Inmóvil, recordé recordándome que le pediría una espumosa cerveza al vendedor ambulante, y que ahora bien cambiaría por un espumoso café. Espumoso, espuma
Recordé la espuma del mar, alejándose, dejando tras de sí, arena compacta resquebrajada por pisadas sin ningún destino, tránsito de gaviotas hambrientas. Inmóvil recordé, recordé que seguía inmóvil". (Nacu)

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